Venezuela: Legalidad sin poder es propaganda
El autoengaño de la política internacional
Introducción: el autoengaño jurídico
El debate internacional sobre Venezuela reactivado por la captura de Nicolás Maduro y la discusión sobre su legalidad o ilegalidad ha sido avivado por editoriales, analistas y una avalancha de opiniones en redes sociales. Casi todos insisten en leer el conflicto en términos de ilegalidad, normas violadas, legitimidad democrática y soberanía jurídica.
Bajo la apariencia de una defensa del “derecho internacional” y de la “legalidad”, se encubre, sin embargo, una renuncia explícita a pensar el poder. Esa renuncia tiene nombre: moralismo político.
Desde el materialismo filosófico de Gustavo Bueno, desde donde pretendo argumentar, la soberanía no es una cuestión moral, jurídica ni retórica, sino una capacidad material ejercida por Estados realmente existentes. Este ensayo propone una lectura realista de los acontecimientos y discursos recientes, evitando tanto el idealismo democrático como el moralismo geopolítico.
La política internacional no se rige por tribunales morales ni por abstracciones jurídicas, sino por Estados dotados de fuerza organizada. Analizar a Venezuela como si el derecho produjera soberanía es incurrir en un error que Bueno denunció reiteradamente: confundir el efecto con la causa.
El derecho no crea poder.
El poder, cuando se estabiliza, crea derecho.Soberanía: no es legitimidad, es capacidad
El primer mito que debe desmontarse es el fetichismo del gobernante: confundir a Maduro con el Estado venezolano.
Este error repetido hasta el cansancio personaliza la soberanía, como si la captura o salida de un líder implicara automáticamente la caída del Estado.
Pensar que remover al jefe visible equivale a desmantelar el Estado es pensamiento mágico liberal, no análisis político. El poder no se evapora con las personas: se redistribuye entre los aparatos que lo sostienen. Quien no entiende esto no está analizando política; está escribiendo fábulas morales.
En Venezuela no ha caído el Estado, no se ha perdido la soberanía ni se ha producido aún una transición política.
Lo que sí ha cambiado es la redistribución del poder.
Desde el materialismo filosófico, la soberanía es la capacidad de un Estado para mantenerse frente a otros Estados. Esto implica controlar efectivamente:
El monopolio de la violencia
Las Fuerzas Armadas y su cadena de mando
El territorio y las fronteras
La administración, la fiscalidad y la moneda (aunque la soberanía económica esté históricamente erosionada, sigue operando dentro de un Estado disminuido)
Mientras estas estructuras permanezcan operativas, la soberanía existe, con independencia del juicio moral que merezca el régimen.
En Venezuela, a día de hoy:
El Estado mantiene control efectivo del territorio.
La Fuerza Armada Nacional Bolivariana conserva cohesión suficiente.
No existen poderes paralelos con control territorial real y estable.
Por ello:
La soberanía territorial no está anulada, aunque sea cuestionada discursivamente.
Sin pérdida territorial ni fractura militar, no hay colapso del Estado.
👉 Si estos aparatos se mantienen cohesionados, el Estado sobrevive sin Maduro.
👉 Si se fracturan, no emerge “la legalidad”, sino conflicto abierto por el poder estatal.
Derecho internacional: norma sin aparato de fuerza
Los análisis jurídicos dominantes giran obsesivamente en torno a la “ilegalidad”: de elecciones, de sanciones, de operaciones militares. Pero Gustavo Bueno advierte con claridad:
“El derecho internacional no es derecho en sentido fuerte, porque carece de un poder soberano que lo imponga universalmente.”
La ONU no manda.
La OEA no gobierna.
Los tratados no actúan por sí mismos.
Funcionan únicamente cuando coinciden con relaciones de fuerza preexistentes. Invocarlos como si fueran entidades soberanas es fetichismo jurídico.
ONU y OEA no constituyen un super-Estado, funcionan como:
Foros de negociación
Espacios de legitimación simbólica
Expresiones de correlaciones de fuerza ya existentes
El Consejo de Seguridad de la ONU refleja equilibrios geopolíticos, no justicia universal. El veto de EE. UU., Rusia o China demuestra que la soberanía real no se disuelve en legalidad multilateral.
Por eso:
La ONU administra conflictos, no los resuelve.
La OEA produce discursos, no soberanía.
La legalidad internacional sigue al poder, no lo crea.
Hablar de “ilegalidad” sin preguntarse quién puede imponer consecuencias reales es confundir política con catecismo jurídico.
En el caso venezolano:
No hay intervención decisiva de la ONU porque no existe consenso material entre las grandes potencias, pese a los informes acumulados sobre violaciones graves.
El conflicto se gestiona, no se decide.
Casa Blanca y Caracas: transición, control y defensa del Estado
Las declaraciones recientes desde Washington giran en torno a dos ejes:
La idea de una “transición” política.
La disposición a ejercer presión económica, diplomática o incluso militar.
Este discurso no es esencialmente jurídico ni humanitario. Es realpolitik: presupone que la cuestión decisiva no es quién tiene razón, sino quién puede reorganizar el Estado venezolano tras una ruptura del mando político.
La rueda de prensa de Donald Trump introduce un dato que el análisis legal-moral omite: la explicitación de la voluntad de fuerza.
Cuando Trump afirma que “Venezuela is not a sovereign playground for criminals” y remata con “all options remain on the table”, no formula una tesis jurídica ni ética. Realiza señalización estratégica: un acto performativo dirigido a aliados, adversarios y actores internos.
Estas declaraciones no se evalúan por su legalidad, sino por su función objetiva: reordenar expectativas y alterar la percepción de la correlación de fuerzas.
El encuadre posterior de la Casa Blanca remitiendo a la Estrategia de Seguridad Nacional de noviembre de 2025 no contradice a Trump: lo institucionaliza. América Latina reaparece como espacio de competencia estratégica, no como periferia moral.
Aquí emerge una Doctrina Monroe reconfigurada: no como principio jurídico, sino como criterio material de delimitación del poder hemisférico.
El mensaje no es jurídico, sino estratégico:
América Latina sigue siendo espacio de interés imperial
Venezuela es un nodo geopolítico, no un caso moral
Las decisiones se toman según costo-beneficio, no según legalidad abstracta
primero se impone o fracasa una relación de fuerzas;
después aparece la norma como racionalización del resultado.
Trump no rompe el orden internacional: recuerda su naturaleza material.
La respuesta de Delcy Rodríguez, más allá del tono ideológico, cumple una función material precisa: preservar la cohesión de los aparatos del Estado Fuerzas Armadas, administración pública y control territorial frente a una amenaza percibida.
Desde el materialismo filosófico, esto no es simple propaganda: es defensa estatal clásica.
Desde esta perspectiva, la legitimidad electoral del 28J de 2024 favorable a Edmundo González Urrutia no se traduce hoy en efectividad material para ejercer soberanía. Por eso se conversa con quien ejerce el poder efectivo: la nomenclatura que administra la actual redistribución del poder estatal.
Conclusión: el límite venezolano
Lo que incomoda a editoriales y juristas no es la ilegalidad, sino la explicitación cruda, pura y dura de la realpolitik.
El caso venezolano es un reality check brutal.
Quedan muchas preguntas abiertas:
¿Como entrará la oposición Venezuela en un futuro tablero de negociación?
¿Qué rol real pueden jugar ONU y OEA?
¿Cómo se mueve la correlación EE. UU.–China–Rusia en torno al petróleo venezolano?
Pero la pregunta decisiva para nosotros los venezolanos es otra:
¿Cómo llegamos hasta aquí?
La respuesta es incómoda: la política venezolana fracasó en mantener la eutaxia del Estado. Ese vacío permitió la entrada directa de potencias imperiales y produjo consecuencias distáxicas, Ruptura de capacidades para reconocerse en la política, muertos y presos políticos, industrias y comercios destruidos y ahora, una soberanía reordenada desde fuera, con capacidad limitada para articular una estrategia estatal autónoma. Y en política internacional como recordó Gustavo Bueno los relatos nunca sustituyen a la fuerza organizada.


